18 abril 2006

Paseo por Segovia y Santiago

Ya estaba todo decidido. Después de algunos días buscando información turística de Lisboa, horarios de trenes, hoteles y lugares a visitar, fuimos a la agencia de viajes para encargar estas mini-vacaciones de Semana Santa. Al día siguiente ya estaba todo listo: iríamos a Segovia y a Santiago de Compostela porque en Lisboa no había hoteles, ni trenes ni posibilidad alguna viajar allí.
Todo empezó una mañana de Jueves Santo, listos para coger el tren de las 10 de la mañana a Segovia cuando nos enteramos que lo habían suspendido por huelga. La cosa no empezaba bien. Por suerte el siguiente tren salía dos horas más tarde, tiempo que aprovechamos tomando algo en la estación y dabatiendo si renfe ofrecía seguro dental a sus empleados tras haber visto al vendedor de billetes, ejemplo físico y muestra viva de qué es lo que hay tras la superficie del esmalte dental. A falta de 20 minutos para la salida del tren observamos que algo no iba bien. Nuestro tren no aparece en las pantallas de información de Atocha. Teníamos entendido que preguntando se llega a todas partes, y es verdad, pero en renfe llegar, llegas: pero tarde. El tren salía de Chamartín. Con las prisas propias de "El Show de Benny Hill" nos apresuramos a coger el tren que, según nos dijeron, llegaba a Chamartín y de allí iba a Segovia. Pero ese tren nunca llegó. Cuando al fin nos encontramos en Chamartín, el tren se había ido y allí nos habíamos quedado un puñado de gente con cara de idiota reclamando a toda persona que pareciese no tener seguro dental...
Lo bueno que tienen estas cosas es que conoces gente. Cuando por fin cogimos el tren, unas horas más tarde, que nos llevaría a Segovia, conocimos a una pareja de sevillanos que se encontraban en la misma situación, y con los que intercambiamos algunas palabras. No muchas, porque las palabras sevillanas son muy complicadas de entender. Ozú quillo... son mu complicás...
Jueves santo, Jesús había muerto y nosotros tras 4 horas recorriendo estaciones y otras 2 de viaje, casi también. Eso no impidió que cogiéramos un mapa del lugar y empezáramos a patear aquel pueblo grande [como más tarde lo describiría el Sevillano]. Y qué decir de Segovia. Pues que tiene un acueducto. No sé si me gustó mucho, o me desilusionó. Es tan grande como aparece en las fotos, pero solo en el sitio desde donde se hacen las fotos. Luego se alarga, pero pierde esa inmensidad y majestuosidad, encontrando arcos de metro y medio de alto adornados con chicles de dudosa procedencia y relevancia histórica.
Otra cosa que nos llamó la atención fue que Segovia carece de semáforos. No vimos un sólo semáforo en todo el día, pero eso sí, en cuanto te acercabas al paso de peatones, los conductores frenaban mucho antes para dejarte pasar. Todo un ejemplo.
Visto el acueducto, faltaba por ver la catedral, que es realmente bonita vista desde fuera iluminada en la noche segoviana. Era noche de Jueves Santo, y algunas iglesias [de las muchísimas que había] abrían toda la noche [como el 7eleven]. Entramos en la de San Millán, de donde salimos un poco acojonados, todo hay que decirlo. Dentro oíamos una voz, pero no alcanzamos a ver a la persona de donde debería salir dicha voz, así que salimos con la idea de que fue el propio San Millán quien nos aleccionaba diciendo que cada Jueves Santo, había luna llena.
Pasó la noche y llegó el día. Magnífico día para degustar el buffet del desayuno. No había que abusar porque para la comida nos reservábamos el famoso cochinillo segoviano, así que me tomé: un Cola Cao, un tazón de Smacks, un donuts de chocolate, una caña de crema y cabello de ángel, jamón serrano, jamón de york, un pincho de tortilla, chorizo frito y bacon bien hecho. Tenía hambre...
Nada mejor para bajar el desayuno que visitar la ciudad. Vimos la catedral por dentro, lo poco que queda de la muralla de la ciudad y el alcázar, que tenía un gran parecido al castillo de cenicienta en Eurodisney. Pero por supuesto, lo mejor de todo el día fue el cochinillo. Ataviados con nuestras deportivas, cámara de fotos y plano de la ciudad en mano, llegamos al restaurante donde nos esperaba tan sabroso manjar. Fuimos a un sitio de alto caché que ha sido premiado en diversas ocasiones [entre otros: Premio Blasón de Oro del Turismo otorgado por la Junta de Castilla y León, máxima puntuación en la Guía Gourmetour 2004 de Segovia y mejor Restaurante de la Guía Internacional Michelín], en el que tuvimos que reservar mesa esa mañana, y claro, desentonábamos más que yo mismo cantando en la ducha. El cochinillo carísimo a la par que delicioso, y el servicio [no el lavabo, que también] estupendo. Solo deciros que nos rellenaban los vasos cuando veían que se vaciaban y nos retiraron las migas de la mesa con espátula caundo nos retiraron los platos tras terminar de rebañar los huesos de aquel pobre cerdito. Y el postre remató la comida. Imaginaros que lo tuvimos que pedir junto con el plato para que lo fueran preparando mientras tanto. Irene, una especie de cóctel de frutas frescas un pelín calientes acompañadas de salsa dulce de queso. Yo, dos bolas de trufa cubiertas con láminas de pera acompañadas con sendas bolas de helado de plátano.
Impresionante.
A media tarde cogimos el tren a Madrid sin contratiempos. En la vida pueden ocurrir casualidades, y allí ocurrió una. El tren [de cercanías, que vergüenza] comenzaba a llenarse por momentos. Cuando ya veíamos que los asientos frente a nosotros iban a a ser ocupados en breve, aparecieron los sevillanos. ¡Sorpresa! Resultaron llamarse Javier y Susana [vaya coincidencia] y nos tiramos todo el viaje hablando. Ozú quillo, que alegría tienen estos andaluces...
Finalmente llegamos a Chamartín, lugar donde cogeríamos el trenhotel que nos llevaría a Santiago unas horas más tarde. Tanto tiempo allí hacía que me empezara a sentir como Tom Hanks en "La Terminal".
Subimos a aquel tren de 15 vagones de longitud, y nos metimos en el compartimento diseñado por la Ministra de Vivienda donde apenas entrábamos haciendo malabarismos propios de los funambulistas del
Cirque du Soleil. Esa noche aprendía que las vías del tren también tienen baches. Menudo viajecito.
Pero por fin, llegamos a la última etapa de nuestro viaje: Santiago de Compostela. Obviamente fuimos recibidos como es propio de aquel lugar: con lluvia. Es extraña la lluvia gallega. Tan pronto cae un chaparrón como a los minutos arrecia la fuerza de la lluvia, pero antes de acostumbrarte a la suave llovizna vuelve a caer una cantidad ingente de agua. No necesitamos tiempo para averiguar que allí sí había semáforos.... pero nunca funcionaba el muñequito verde que permite el paso de los peatones [hago un inciso para indicar que eso no fue problema alguno, pues los madrileños estamos más que acostumbrados cruzar las calles cuándo y por dónde nos da la real gana]. Tardamos horas en ver uno, y cuando lo vimos nos sorprendió lo avanzada que está allí la tecnología: ¡¡el muñequito se movía!!. ¿Un milagro del Apóstol?
Santiago de Compostela no tiene mucho más que la Catedral [lo pongo con mayúscula porque se lo merece], así que después de pasear por las húmedas calles compostelanas visitamos el templo. La fachada es impresionante. El interior es más sobrio, pero se respira un aire especial de los peregrinos. No por el olor, sino porque era el final de una dura travesía para todos ellos, y allí los veías con sus metas alcanzadas y el objetivo culminado tras muchos días de esfuerzo. Al día siguiente vi a una peregrina llorar de emoción al ver que se encontraba allí por fin, y esa imagen me llegó.
Aparte de aquellos que llegaban con un cierto interés religioso, cultural o de turismo, también pude ver con cierto desconsuelo a un gran puñado de personas que allí estaban sin interés alguno. Personas que sólo querían figurar o montar un cierto espectáculo en torno a lo que rodea a aquel lugar. Una tradición es golpear 3 veces la cabeza en una piedra que hay en la entrada y reposar la mano en la pared donde ya se ven las marcas grabadas. Es lógico pensar que su fin es el de demostrar el arrepentimiento al entrar al lugar sagrado, así como abrazar al Santo es para pedirle algo o darle las gracias. Me decepcionó, y casi enfadó, ver a gente que repetía varias veces para que le sacaran la mejor foto posible, o tomaba la pose adecuada para que en la instantánea se pudiera ver bien claro el gesto que hacían. Reirse mientras se realiza el gesto o saludar a los que están alrededor para que se fijen en ti. Eso sí, luego alguno hacía la señal de la cruz.... al revés.
Lamentable.
Al final de la tarde decidimos disfrutar de los placeres gallegos, y cayeron unas raciones de pulpo, calamares, lacón... Lo que viene siendo turismo gastronómico. Estuvimos un buen rato, tanto que llegó a hacerse de noche, y fuimos a visitar la Catedral iluminada. Aquí llegó uno de los puntos que más me gustó del viaje. A los pies de la majestuosa Catedral empezó a cantar la tuna!! Y para mas 'gaitas', resultó ser la tuna de Derecho. Todo hay que decirlo: la tuna tiene algo especial cuando canta en la noche de Santiago al pie de su Catedral.
En el Domingo de Resurrección nos levantamos con cara más de muertos que de vivos, puesto que tuvimos que madrugar para poder ver el Botafumeiro. Con media hora de antelación nos costó encontrar un asiento, pero conseguimos sentarnos y disfrutar del espectáculo [porque hoy en día ya es un espectáculo] en un banco. Más tarde nos enteramos que el botafumeiro pesa 54kg, y que a la velocidad que va [por complejas cuentas matemáticas de dividir los 20m de cuerda entre 2 y multiplicarlo a su peso] resulta que lleva una fuerza como si eso pesara 540kg. Y solo lo ataron con dos nudos simples... Al pasar sobre las cabezas se oía alguna exclamación, tanto de susto como de asombro, y cuando se acercaba peligrosamente al techo también se podía escuchar algún 'uyyy'.
Tras la eucaristía dada por el Arzobispo de Santiago, vimos el museo, salas y cripta de la Catedral. Si algo tengo que resaltar de aquel sitio, es que estaba todo llenito de musgo. Allí no se cumplía la regla de que el musgo sale mirando al norte. No señor. Allí el musgo era el dueño y señor del lugar y campaba a sus anchas por donde le apetecía. Aviso a los compostelanos: os está invadiendo.
Y esto fue lo que dio de sí el viaje. A media tarde nos fuimos al aeropuerto y allí cogimos el avión. Lo más destacable es que ambos fuimos parados por la Guardia Civil e Irene tuvo que enseñar hasta las costuras internas de la mochila que llevaba porque vieron en el escáner un pequeño objeto punzante. Vamos, que tiene una cara de terrorista...
Totalmente de noche y a 10.000m de altura se diferencia perfectamente Madrid: un lugar con muchas lucecitas cubierto por un manto enorme de polvo y contaminación. Hogar, dulce hogar.


Un monumento en Segovia. Detrás, un acueducto.

La catedral de Segovia por la noche.

Gallardón extiende su poder a la periferia.

Cenicienta y su castillo de Eurodisney.

Una estatua con armadura imitándome.

Cochinillo antes de conocer nuestra llegada.

Proyecto de vivienda de la sra. Ministra. (las zapatillas estaban fuera porque no entraban)

La Catedral de Santiago.

Botafumeiro va, botafumeiro viene.

Vencidos por el cansancio.

Final Feliz.

2 comentarios:

Ire dijo...

Perfecto resumen Richy, yo no lo habría hecho mejor...Pero: y lo bien que lo pasamos???

webmaster dijo...

resumen? juas! si me tiré 5 días escribiendo!! jajaja...

se me olvidaba decir q Santiago es como un mundo paralelo. nos encontramos a mogollón de personas q eran clavadas [o al menos muy parecidas] a gente q conocíamos: familiares, amigos, famosos...